El Bayardo: Ignacio Agramonte

Sitio de la Unión de Periodistas de Cuba en Camagüey

March 2014
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  • Siendo como soy, solo una periodista con ansias de comunicar bien, una reportera que ha ido tratando de instruirse en temas actuales, entre los que la visibilización de la mujer física, espiritualmente y también en el lenguaje, me convida a diario a tener debates, a veces conmigo misma, me sentí motivada a incursionar en el tema del sexismo en la lengua española.

    Claro que haber participado en casi todos los eventos de Género creados por la Upec desde hace más de 20 años y luego, en el diplomado de Género del Instituto Internacional de Periodismo José Martí y en encuentros regionales previos a los iberoamericanos que se realizan cada dos años, me ha permitido ir adentrándome en este fascinante universo en que se debate sobre equidad y presencia de los géneros.

    Sentada cátedra de que no soy especialista del tema pero que nada me impide tratar de conocerlo y comunicarlo, me lleno de briosos aires trasmitidos por el recién finalizado 9no. Congreso de la FMC, que nos da luces para emprender nuevos derroteros.

    En fin, si estamos buscando una comunicación plural y democrática con posibilidades de multiplicidad de voces, ello implica también estar en contra de la invisibilidad linguística de las mujeres y por ahí va mi tiro.

    A estos fines es imposible no tener en cuenta que el desarrollo de un país no se mide solo por el estado económico, sino también por el nivel educacional que poseen sus habitantes, y que en nuestro caso, en el de Cuba digo, nos vanagloriamos de la instrucción de nuestro pueblo, auTomando estos argumentos como precedente, no podemos dejar de reconocer a Fidel y a la Revolución cubana que pusieron la cultura, la educación, la lectura al alcance de todos, no solo de los niños, sino de adultos que eran analfabetos y en especial de las mujeres, a las que instruyeron,  educaron e hicieron avanzar a pasos agigantados para recuperar terrenos nunca antes pisados.

    Aun así, a nivel internacional (y algo nos toca igualmente), el paradigma de mujer no ha cambiado mucho desde que se aupaba que el sentido de la vida femenina estribaba en ser una buena madre y mejor esposa, dominar oficios hogareños y esmerarse en satisfacer ajenos deseos, no importaba si en detrimento de placeres propios.

    Para nuestra sociedad sigue siendo contradictorio y complejo sobreponerse a lo tradicionalmente aprendido, aun después de la emancipación social y cultural que significó la campaña de alfabetización hace más de medio siglo, pero ello se palpa todavía cuando se titubea en cuanto a darle verdadero poder a la mujer, o cuando se opaca que las mujeres han hecho suyos  trabajos y oficios antes exclusivamente para hombres y más aun, cuesta enorme trabajo hacer entender que la mujer cubana no quiere suplantar al hombre, a su compañero, sino que labora para que se le mida con el mismo rasero..

    ¡Cuánto ha costado y cuesta hacer comprender que las responsabilidades familiares atañen a todos los seres humanos y no están predeterminadas invariablemente por el sexo de la persona! Por eso es vital que mujeres y hombres refuercen la actitud de defender la igualdad de géneros mientras se interioriza que procesos de ruptura de esquemas tradicionales, como el de la equidad de géneros y la incorporación de la visibilidad de la mujer en la lengua, no pueden dejarse a la espontaneidad.

    Es ahí precisamente donde entramos todos y todas: políticos, economistas, comunicadores, lingüistas, filólogos, en fin, seres humanos interesados en cambiar lo cambiable.

    Esta introducción con temas entretejidos me lleva a una frase expuesta al inicio del trabajo: luchar contra la invisibilidad lingüistica de la mujer en el idioma español, que es el nuestro, auEs excelente conocer que hay debate internacional con participación de medios de prensa, acerca de si la lengua tiene sexo, en el cual se hace un llamado a la sensatez para esclarecer en el lenguaje común de la comunicación hispanoparlante, una serie de pautas que impidan el absurdo o el ridículo en la reiteración de palabras en femenino y masculino, pero habría que tener en cuenta  que lo fundamental es hacer evolucionar la lengua para reconocer a la mujer en igualdad de condiciones que el hombre.

    El diario español El País, trajo recientemente el tema a colación mediante un trabajo del lingüista Ignacio Bosque, de la Real Academia de la Lengua Española, quien reconoce cierta confusión popular entre género y sexo, mientras aboga por la sensatez en el uso de la lengua argumentando que “no se puede tachar de sexista a la mayor parte de la población hispanoparlante por usar genéricos masculinos”, A mi juicio, utiliza pautas del lenguaje común con basamento machista.

    A la polémica lanzada por el especialista español han respondido catedráticos y profesores, más bien muchas catedráticas y profesoras de distintos niveles de educación, la mayoría exigiendo que la mujer debe contar en todo y eso incluye el lenguaje, aunque algunas aseguran que el genérico se debe seguir utilizando cuando no se hace con tono discriminatorio.

    Es obvio e importante recordar, que si el uso genérico del masculino para designar los dos sexos está muy asentado y arraigado en nuestro idioma, se debe al sesgo androcéntrico que ha prevalecido también en su uso.

    En respuesta a lo planteado por Bosque, Laura Freixas, autora del libro  Literatura y Mujeres, escribió y cito: “Desde sus orígenes en el siglo XVIII, el feminismo creyó que la igualdad entre los sexos se conseguiría mediante la igualdad política, jurídica y educativa. Cuando por fin las hemos conseguido, resulta que aun estamos muy lejos de la igualdad real. ¿Por qué? ¿qué ha fallado, qué falta? Yo creo que la respuesta está en la cultura. Y la cultura es la ilustración figurativa de lo que el lenguaje expresa a un nivel más abstracto: la jerarquía entre los sexos y el monopolio de la condición humana por parte del varón. El lenguaje tiene parte de culpa de que todo lo femenino sea visto como parcial, marginal, particular…mientras que lo humano se confunde con lo masculino. Para decirlo gráficamente: prefiero decir ser humano en vez de hombre porque puedo decir “como ser humano moderno… y no como hombre moderno… O porque si digo el hombre medieval moría con frecuencia en el campo de batalla, nadie pregunta de qué morían las mujeres, se supone que hombre abarca a ambos sexos, pero ¿acaso podemos decir el hombre medieval a menudo moría de parto?”. ¿Elocuente, no?

    Así las cosas, otro participante en este análisis aparecido en Internet, dijo: “el lenguaje es en sí mismo una costumbre y las correcciones deberían convertirse en costumbre y no en una imposición”. Mientras que la fotógrafa y artista Ouka Leele aseguró que  ”el uso de las palabras ha de ser consciente y si en cuanto a la visibilidad de la mujer ha de hacerse una revisión del lenguaje, estoy completamente de acuerdo con ello”. Coincido con ella aunque sabemos que no es una solución mágica la que dará al traste con lo sedimentado.

    Nombrar algo o a alguien es darle presencia, hacerlo visible y hasta tangible, de ahí que mediante el lenguaje se nos llame o se nos ignore y todo ello condicionará la imagen de la realidad que nos construyamos y cómo la transmitiremos. Para existir todo debe tener un nombre.

    ¿Cuál es nuestro papel entonces en esta polémica? ¿Qué nos atañe a comunicadoras y comunicadores, periodistas, cubanas y cubanos que andamos en pie de lucha también para hacer estallar como volcanes los reductos machistas endiabladamente arraigados en el habla y  la cultura tradicional cubana?

    Los medios de comunicación (que hacemos personas, mujeres y hombres), tenemos una gran responsabilidad en la imagen pública de las hembras que mostramos a través del lenguaje que se utiliza. Este lenguaje puede ocultarlas, discriminarlas e incluso denigrarlas, como sucede en muchos audiovisuales que pasan una y otra vez por la TV nacional o de mano en mano en soportes digitales y también en letras de pésimas canciones trasmitidas por la radio.

    Un tratamiento igualitario en el discurso mediático puede contribuir, no solo a ayudar a visibilizar a las féminas, sino a acelerar el avance hacia la igualdad en muchos ámbitos. Es pues necesario que el lenguaje periodístico se haga eco de los procedimientos lingüisticos encaminados a evitar la discriminación por razón de sexo, ya que de esta forma se favorece la toma de conciencia y se contribuye a animar sensibilidades en aras de una sociedad más igualitaria.

    Un filósofo moderno defiende el uso genérico y sintético de hombre como una mera convención lingüística, huyendo de las que considera cursilerías como utilizar “los niños y las niñas”, “las compañeras y los compañeros” o como irónicamente escribe “el perro y la perra son el mejor amigo del hombre y la mujer”. Hay de todo en las viñas del señor ¿no?

    A este eufemista académico, le han salido al paso especialistas en contra del uso genérico de hombre como ser humano, porque se ha demostrado que ello  no es más que una convención útil específicamente emanada de una sociedad en la que el varón era la medida de todas las cosas. Sabemos bien que la lengua es sexista, puesto que la sociedad que la creó lo fue en grado superlativo y aun lo es, aunque se diga la lengua materna y no la lengua paterna.

    El sexismo no sólo se observa en fenómenos como los antes señalados o en el uso equívoco de lo masculino. En la conversación cotidiana, en el discurso de los medios de comunicación, en la publicidad, encontramos día a día, ejemplos de sexismo y no hay que subestimar la trascendencia de esta forma de sexismo porque es, precisamente, a través del discurso es como se establecen las categorías filosóficas y reales de la vida.

    ¿Qué esperar entonces de sociedades marcadas por el sexismo durante siglos con lenguas que han ido acumulando esas maneras de nombrar las cosas y sus rasgos lingüísticos son fruto de estereotipos androcentristas?

    La mujer y el hombre, la madre y el padre, la tía y el tío, el rey y la reina, los alumnos y las alumnas, más que cursilerías, con frecuencia parecen disparates o extravagancias, sobre todo si se aplican como simple «formulita» rápida o reivindicación violenta en el estilo de una cultura de la queja.  Además, teniendo en cuenta las cartas de estilo de agencias de prensa y medios impresos, fundamentalmente, la síntesis de redacción necesaria impide el regodeo de mencionar lo femenino y lo masculino.

    Aun así no nos podemos conformar ya hoy con este tipo de reformas y hay que hacer ver que ya no funciona tanto así. Un ejemplo simple lo confirma: una maestra entra en su aula y dice “los niños canten conmigo” y se encuentra con que ninguna niña se sumó al coro.

    Los cambios que se están produciendo obedecen indudablemente al fortalecimiento de la posición social de la mujer y a la legitimación progresiva del discurso femenino, pero son también el resultado de una mayor conciencia y de una resistencia femenina a aceptar formas discriminadoras y a interiorizar una imagen descalificadora de sí misma.

    En fin, no es suficiente con la inclusión de género en el lenguaje para derrocar el inmovilismo conservador, sino que también se deben estudiar las propuestas en aspectos relacionados con todo lo que género es en sí.

    Hay que ver el tema de los anuncios, de la propaganda, porque una cosa más factible es que el discurso teórico se pueda hacer con lenguaje inclusivo, y otro comprobar que los productos comunicativos audiovisuales e impresos muchas veces menoscaban los avances que se dan en este sentido.

    A la prensa nos toca, como a ningún otro actor social, evitar en nuestro discurso los estereotipos sexistas, y aquí hay que recalcar que con ello no solo se propende a observar una buena  gramática, sino que se refuerza la ideología.

    La revolución digital y la irrupción de Internet vienen transformando de forma profunda la manera en que se leen y se producen los medios de prensa. Es así que, durante los últimos años, diarios y revistas de todo el mundo crearon sus versiones electrónicas y están incorporando velozmente los distintos elementos comunicacionales que surgen desde la esfera digital.

    La relación que los medios de prensa mantienen en la actualidad con el entorno digital es extremadamente vertiginoso y si somos cada vez más numerosas las personas que  pensamos que a las mujeres se las discrimina lingüísticamente, tanto en la forma en que la lengua común y los usos lingüísticos cotidianos suelen tratarlas, como en la manera en que se enseña y aprendemos a usar el lenguaje, tenemos que dar la batalla usando esos medios tecnológicos modernos, para dejar atrás la dominación de lo masculino y el ocultamiento de la participación de la mujer en la sociedad, así como la imposición de una imagen estereotipada, fuente de descalificaciones y aislamiento.

    Nuestra apuesta por un lenguaje inclusivo de género no carece de fundamentos lingüísticos, ni de objetivos sociales como son democratizar el lenguaje y dar visibilidad social a los géneros femenino y masculino mientras se ayude a lograr una sociedad más igualitaria y transparente desde el punto de vista del género lingüístico.

    La rectificación está, a pesar de todo, en marcha, junto con otros muchos aspectos en movimiento en el mundo y particularmente en nuestra hermosa Cuba. La sociedad —hasta ahora muy lentamente y con grandes dificultades— va cambiando, tendiendo a un igualitarismo imparable, a la justamente deseada equiparación social y profesional de ambos sexos. La lengua no puede permanecer al margen de la realidad.

    Es una larga y muy apasionante tarea la que tenemos por delante. Trabajar diáfanamente para no enrarecer propósitos ni caer en extremos opuestos, no querer desaparecer lo masculino ni mantener una lucha de contrarios, es un objetivo preciso para expresar también la igualdad entre hombres y mujeres. Cito entonces una frase pronunciada por el intelectual cubano Manuel Calviño cuando aseguró “Juntos se llega más lejos”.

    Por. Zenaida Ferrer Martínez

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