El Bayardo: Ignacio Agramonte Sitio de la Unión de Periodistas de Cuba en Camagüey
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  • La estirpe

    Por: Ernesto Pantaleón Medina / UPEC Camagüey

    Fidel Castro RuzLos cubanos no nos creemos -la vida nos guarde de tamaña barbaridad-,  mejores que ningún pueblo. Estamos conscientes de nuestros ancestros y de las cualidades que adornan mayoritariamente a los hijos de esta tierra humilde, digna y brava.

    Surgimos de aquellos bizarros navegantes que, tras la huella del Gran Almirante, se lanzaron en pos de la conquista; entonces con más armas y violencia que razones. Sin embargo, no puede negarse que supieron sobreponerse a penurias para atravesar en frágiles navíos la “mar océana” y acometer con bríos dignos de mejores causas, la colonización del nuevo continente.

    Herederos somos los cubanos, de aquellos príncipes hermosos y arrogantes del Dahomey, el Congo y otras naciones libres. Como dioses no vencidos, fueron traídos a la Mayor de las Antillas  para contribuir al desarrollo de las nacientes plantaciones y a la balbuceante industria azucarera.

    Unos y otros demostraron a lo largo de sus dispares historias el clásico desbalance de la verdad entre la fuerza y la justicia, de rancheadores y cimarrones. Sobraba valor y altivez a unos u otros, herencia que nos  legaron a través de siglos de rica y fructífera mezcla de sangres.

    Como en toda alquimia existe una síntesis, un néctar supremo, ese que añoraban en épocas pretéritas los sabios en la búsqueda del oro infinito. Los cubanos tenemos, a lo largo de la historia, ejemplos de los más puros elementos surgidos del crisol de la vida nacional.

    Hatuey, Guamá, Céspedes, Maceo, Martí, Agramonte y tantos, hasta desembocar como conclusión ineludible en Villena, Mella, José Antonio, Frank, Abel y Fidel. Ellos completan, junto a otros que harían esta lista interminable, una galería de constructores de eso que llamamos Patria y que trasciende el simple lugar donde nacimos.

    Se destaca aquel que supo encarnar lo mejor del pensamiento de los próceres, y hacer realidad el ideario martiano, para llevar a millones de desposeídos por los caminos de la luz y la verdad. Ese que  enseñó que compartir no es dar lo que nos sobra, sino dividir hasta el infinito lo poco que tenemos, allí donde una lágrima enturbie la mirada y una mano se tienda reclamando apoyo o justicia.

    Ese es Fidel, el gigante de mil batallas, el invicto Comandante. El principal autor y actor de un  proyecto social convertido durante más de medio siglo en guía y señal para los oprimidos de cualquier parte; con los dioses, idiomas y banderas más diversos.

    A ese David de honda luminosa que nos guía en cada empeño, el agradecimiento de su pueblo y la seguridad de que seguiremos su legado; en la continuidad histórica de una Revolución hecha con sacrificio y ejemplo.

    Como se ha exclamado durante cinco décadas, en los momentos trascendentales de la historia, repetimos con la más grande de las convicciones y el más legítimo orgullo de ser cubanos: ¡Comandante en Jefe: ordene! (Tomado de Televisión Camagüey)

    Published on August 15, 2011 · Filed under: Camagüey, Cuba; Tagged as:
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