El Bayardo: Ignacio Agramonte Sitio de la Unión de Periodistas de Cuba en Camagüey
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  • Ahora que la redacción está en silencio

    Tomado de Eduardo Labrada /Adelante

    Con algo de exageración, algunos colegas aseguraban que teníamos el privilegio de formarnos como profesionales entre el cielo y el infierno.

    No pasó mucho tiempo para darme cuenta de que si bien la redacción del periódico estaba en la planta alta del edificio y los talleres justo debajo de nuestro piso, el cielo no era precisamente tan santotun y el infierno uno de los lugares más divertidos que he conocido, porque lo bueno radicaba en la vocinglera de los tipógrafos y el estruendo madrugador de las rotativas.

    La redacción era entonces una inmensa sala llena de mesas, máquinas de escribir y cestos de basura. Los ceniceros atestados de colillas constituían patrimonio y en alguna parte un teletipo machacante no cesaba de martillarnos informaciones impresas en largos rollos de papel gaceta.

    Para un principiante era difícil concentrarse en su labor. Podías estar redactando una doctoral información sobre el cultivo de la caña de azúcar mientras discutías el ultimo out del juego de pelota de la noche anterior, soportando a un colega leyéndote su crónica sobre una obra de teatro acababa de estrenar.

    Nadie hablaba en voz baja. Personajes y personeros subían y bajaban la escalera en cualquier momento. No había paz ni sosiego. Era igual las ocho de la mañana que las doce de la noche trayendo cada cual notas, comunicados, encomiendas, mandatos, convocatorias, anuncios.

    Lo mejor estaba en las versiones de sucesos cotidianos que subían de tono cuando llegaban los reporteros de tribunales, del hospital general, la policía o del necrocomio. Siempre hubo temas. Siempre hubo espacio para el rescabucheador sorprendido, el intento de suicidio con tinta rápida, el tarro pegado, el rapto de la niña que al final no era tan niña, la mujer celosa que denunciaba a la amante del marido y convertía el drama privado en novela por episodios.

    Pero si todo fuera solo esto podíamos felicitarnos porque en el periodismo de mis inicios se relajaba más aunque la vulgaridad era menos. Se escribía sin olvidar de apuntar al acaudalado comerciante, la viuda atribulada, el correcto caballero, el aventajado estudiante, la virtuosa dama, el funcionario con futuro, el crimen que ha causado consternación, el médico eminente, el rumor que nos merece crédito…

    En el taller, abierto como la redacción las 24 horas de cada día, se cocinaban los más relevantes comentarios del barrio. No había nada mejor que estar en el taller a la hora en que se colaba el plomo y se fundían las tejas para enterarnos de cuentos, chismes y bretes. Para saber cómo la selecta vida social de la ciudad era puesta en solfa con pelos y señas sin sumar las más olímpicas bromas.

    En aquel bullicio y teclear de máquinas se formó una generación de periodistas capaces de aislarse en el tumulto y publicar cada día lo que su profesión le dictaba, al punto que aun añoramos el termo de café y las madrugadas leyendo las primeras pruebas del periódico en edición.

    Los años y las mañas nos enseñaron a compartir el bullicio. Adaptarnos. Formar parte. Ya no había lugar donde mejor escribir que en aquella redacción de la calle Príncipe (hoy Goyo Benítez) donde para colmo de dicha tuvimos de vecino alguna vez, pared con pared, el paradisíaco cabaret Salón Rojo. Todo lo que les pueda contar de esa época es poco.

    Alguna vez, casi de improviso, nos dimos cuenta de que el tiempo había pasado. Que éramos los mismos, pero no éramos iguales. Desaparecieron la rotativa y los linotipos, los chibaletes, las familias de letras y las tejas pasaron a ser piezas de museo. Estábamos tan inmersos en lo que nos llegó con la computadora y todo lo que implican las nuevas redes de comunicación que ni siquiera dimos a aquellos viejos hierros un acto de despedida.

    La modernidad no fue lo peor. Lo peor fue la pausa. A la redacción llegó un estado de gracia. Una especie de silencio distinto, que no conocíamos. Seguimos discutiendo. Seguimos hurgando la actualidad periodística pero con otro idioma y sin el apostillar de un hirviente taller.

    Hoy nuestra redacción, en otra calle y en otro edificio, está casi desierta. La pandemia que nos obliga a colocarnos a buen recaudo hace que cada cual, desde la seguridad del hogar, mantenga la red de comunicaciones para hacer posible la publicación de nuestro periódico.

    Nuestra redacción amplia, iluminada, aséptica, silenciosa, no recuerda para nada aquella colmena donde no faltaba la entrada de alguno de nosotros anunciando que tenía la noticia de primera plana.

    El periodista cuando se forma al pie de obra no puede olvidar aquellas páginas que muchos vivimos entre el cielo y el infierno. Tampoco creo que los santones del cielo y los diablillos de las calderas nos hayan olvidado a nosotros porque también fuimos parte de sus maldades y sus historias.

    Published on July 10, 2020 · Filed under: Camagüey;
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